Dioses blancos socorren la Pachamama

Allin punchay qampaq. (Buenos días). La voz del joven retumba en las entrañas del indígena con un acento nada común.

¿Allillanchu? (Cómo está), le dice, aún sin recibir respuesta. El hombre -de menuda estatura y piel arrasada por la vida- lo mira desde el trasfondo de la duda. Rezonga en su interior, disimula. No responde.

¿Imataq sutiyki? (Cómo usted se llama). Unos segundos de desconcierto y al fin el nativo deja escapar las palabras en perfecto quechua: Quispe… Quispe Choquehuanca, pero vuelve a escudriñar cada detalle del desconocido… la bata impoluta, el esfigmo en la derecha, el estetoscopio al cuello… y la sonrisa a ras de labios. Todo le parece tan extraño, tan ajeno a este lugar…

“Muchas personas al inicio se portaban un poco desconfiadas, porque no estaban acostumbradas a los servicios gratis. Además, ofrecían resistencia a la atención por las ideas infundadas que le brinda la contra; mas, una vez que los asistimos terminan aceptándonos.

“Sus relaciones con nosotros son buenas; incluso, nos creen con poderes sobrenaturales cuando los curamos”, asevera el galeno, y admite que hasta los ha escuchado decir ¡Yusulpayki!, Intiq churin (Dios se lo pague, hijo del sol).

Es medio día en las afueras de Tarabuco -a unos 64 kilómetros de la ciudad de Sucre, en la provincia Yamparáez, departamento de Chuquisaca, Bolivia- y el doctor Alexis Montero Aguilera ya ha consultado cerca de 25 pacientes, casi la mitad del promedio diario.

La altura -más de tres mil 280 metros sobre el nivel del mar- y el sol radiante que desmiente un invierno a punto de terminar, exigen del foráneo una adaptación especial. “Las noches son frías, las temperaturas muy bajas y andamos las 24 horas con abrigos”.

Recorrer de Cororo a Monteagudo no es lo mismo que de Guisa a Colón o de Bartolomé Masó a La Habanita o de Pilón a Naranjo Dulce. Pero no hay objeción ni por el clima ni por las decenas de kilómetros que tienen que andar entre cerros o zonas semidesérticas. La Pachamama tiene heridas, zanjones en el alma de tierra indígena… y hay que sanarlas.

EL ANTES…

Alexis es de esos alumnos brillantes. Estampó un recuerdo definitivo en los profesores de la ESBU Zenén Meriño Várgas, de Buey Arriba, y luego en los del IPVCE Silberto Álvarez Aroche, donde cursó el bachillerato.

De allí salió para la universidad, un entorno que había prevalecido entre sus anhelos. “Siempre soñé con ser médico” confiesa, aunque de no conseguirlo se hubiera inclinado por la Biología.

“Comencé a estudiar en la Facultad de Ciencias Médicas Celia Sánchez Manduley, de Manzanillo en 1996, y la concluí en el Hospital Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo en el año 2002 Me gradué con Título de Oro.”

De las salas del “Céspedes” fue a cumplir el servicio social en la localidad serrana de Colón, uno de los lugares de más difícil acceso de la provincia, a 53 kilómetros de Guisa.

“Recuerdo que al tercer día de trabajo me enfrenté a mi primera urgencia médica -dice-, un ahogamiento por sumersión. Fatalmente falleció, aunque fue donde por primera vez aplicaba las maniobras de Resucitación Básicas aprendidas en la Universidad”.

Guisa lo atrapó. Por eso prefirió continuar vinculado al policlínico Guillermo González Polanco, de la cabecera municipal. Allí están las huellas de su devoción por el ser humano y el rastro del profesional que siempre encuentra en el afligido un motivo para el desvelo.

LA MISIÓN… EL MEJOR POSTGRADO

Cuando supo que viajaría a Bolivia a cumplir misión lo primero que le vino a la memoria fue la imagen del Che.

“Anhelaba conocer donde cayó en combate el Guerrillero Heroico, en La Higuera (…). He visitado estos lugares, zonas muy intrincadas, de difícil acceso y caminos muy peligrosos. Los oriundos de aquí son personas con muchas creencias religiosas. Para ellos el Ché es un ser celestial, un dios. Piensan que al “pedirle” hace milagros y le encienden velas”.

Al idilio de recorrer las huellas del emblemático luchador internacionalista sumó la impostergable necesidad de ayudar a un pueblo con una situación muy compleja.

“Lo que más me ha impresionado es la forma en que viven. El promedio es de 10 habitantes por casas, con mucho hacinamiento. Más del 80 por ciento son pobres; indígenas con elevado índice de analfabetismo que se dedican, fundamentalmente, a las siembras de semillas y a labores agrícolas.

“Se ven muchos niños descalzos en las calles, limpiando zapatos y vendiendo cosas para ganarse la vida (…). Cuando llegué me percaté de la realidad que se hablaba, sin embargo, ni me imaginaba que existiera tanta penuria (…).”

Alexis es parte de los mil 800 galenos cubanos que integran la misión médica en este territorio, la que comenzó el 15 de febrero del 2006. Junto a él, en el departamento de Chuquisaca, hay unos 125 colaboradores, organizados en varias brigadas.

Los servicios de salud privados son muy costosos. Una refracción visual vale 40 bolivianos y una ecografía 80 (unos 15 USD). La salud bucal es pésima pues la atención estomatológica es carísima. La mayor parte de la población no tiene acceso a estos recursos.

“Realizo labores de docente -explica-, organizamos cursos para formar promotores de salud en las comunidades, contribuimos con la superación de los nacionales y además de eso atendemos la Misión Milagro, nuestro principal objetivo.”

Pese a que aquí alcanzó la categoría de Máster en Atención integral al niño, considera que el verdadero postgrado son las circunstancias en que se desenvuelve.

“Me he enfrentado a problemas de salud diferentes, a otra cultura a otro idioma y una sociedad que requiere mucho de nuestro sacrificio.

“He tenido que hacer revisiones bibliográficas de ciertas dolencias como la enfermedad de Chagas- Mazza o Tripanosomiasis Americana, endémica del lugar, y también aprendí la conducta a seguir ante una mordedura de serpientes, pues aquí son muy frecuentes.

“Trabajamos en las comunidades, algunas se encuentran a 12 y 13 horas del centro de la ciudad, en plena selva, caminamos varios kilómetros al día subiendo por cerros buscando los pacientes.”

UNA REALIDAD QUE DUELE

El 59 por ciento de la población boliviana es rural. La esperanza de vida está estimada en los 61 años y la tasa de de mortalidad infantil es de 71 por mil nacidos vivos.

Los indígenas recurren mucho a la medicina natural. La hoja de coca la utilizan para combatir las enfermedades nerviosas y contra el mal de las alturas (sorojche). Le atribuyen numerosas propiedades: estimulante, tonificante, digestiva…

Sus hábitos alimentarios son fundamentalmente vegetarianos; sobre la base de los granos (maíz, maní) y las frutas y vegetales.

La tasa de mortalidad materna ronda las 260 por 100 mil nacidos vivos. “Las mujeres no paren en una mesa normal (llamado caballo) -asegura Alexi- , lo hacen en el piso del salón y tuvimos que adaptamos a esta costumbre. Muchas dan a luz en sus casas, asistidas por las comadronas, y en algunos casos rechazan a las niñas.”

Entre los hechos que han conmovido a este joven médico está encontrarse a embarazadas de ocho meses de gestación que jamás las había asistido un profesional de la salud.

También a otras “que habían perdido sus niños de tres y cinco meses sin saber la causa pues no los llevaron al médico por no tener dinero para pagar”.

Para el resultó insólito hallarse con una paciente de 35 años que sufría de un dolor bajo vientre intenso. “Cuando le pregunté si padecía de algo me contestó que sí, que de cáncer en el cuello de útero… no se había podido operar porque le costaba mucho”.

Entonces su mirada se perdió en un horizonte impreciso. Y casi con los ojos humedecidos recordó a la Patria. “En nuestro país, por medio de la prueba citológica esto se diagnostica a tiempo… no sucede”.

“Lo más triste del caso -confiesa a voz en medio tono- es que tiene seis guaguas (niños), uno de ellos con tres años de edad muy próximo a perder la visión por una atrofia bilateral del nervio óptico.”

LA PATRIA, LA AÑORANZA…

“Todos los días recuerdo a Cuba, ¡mi Patria! Está en nuestras comparaciones como un ejemplo digno”, dice y el alma se le va saliendo por la piel.

Al amanecer la añoranza lo obliga a quebrantar la urgencia del resto del día “es el momento más nostálgico… recuerdo a mi familia. A esta hora parece como si me estuviera preparando para la consulta en mi país”.

Este instante -como un ritual que sirve para oxigenar las venas- se lo dedica al pequeño Alain Daniel; a la abuelita Elia; a su esposa Yaneisi; a los padres Idania y Vicente; a Alina, la hermana; y al sobrino Alian David que todavía no conoce…

Pero, después de un vistazo desde el corazón, vuelve a agilizar el paso, porque allá en el cerro o en la quebrada o simplemente a la vuelta de la esquina puede haber alguien urgido de que lo salven de la muerte.

P/D: Alexis Montero Aguilera cumplió satisfactoriamente su misión en Bolivia y se incorporó a trabajar en el municipio de Guisa.

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