El Héroe

Él se levantaba a las cuatro de la madrugada para ordeñar unas 20 vacas y echarle comida a los puercos; luego se iba al patio, que tenía debajo de una mata de mango, a deleitarse con las gallinas recién sacadas y los alardosos pineos…

Más tarde –justo cuando el sol rompía la monotonía de la  Loma del Gato- comenzaba la faena diaria del campo: chapear, desherbar, arar la tierra, sembrar, recoger alguna cosecha…

Regresaba al mediodía con aquel inigualable olor a monte y el sudor a borbotones sobre la piel; almorzaba, se recostaba un rato y a las dos de la tarde salía en su caballo Alazán a recoger las vacas.

Después, volvía para el conuco hasta que la mismísima noche lo obligaba a retornar. Iba al río a bañarse y a cargar el agua de tomar en par de cubos.

La rutina diaria era muy sencilla y se repetía todos los días, sin descanso, excepto el domingo.

Ese día era para viajar a San Apapucio a ver a su hermana María Rosa, jugar dominó y entretener a los sobrinos nietos.

“Por allá viene Tío Jaleo… y con Jaleito”, gritaba María Mercedes que se oía allá al callejón.

También los domingos eran para ir a vernos a la escuela. Primero a Consuelito, a Vega Grande, y después a mí a La Cristina, en el corazón de la Sierra Maestra.

Este era su único respiro. Al margen, los días caían uno detrás de otro como sucesivos huracanes, feroces, devastadores.

Nunca lo vi –a Él- hacer algo diferente. Trabajo, solo trabajo durísimo, sin descanso, más trabajo…

A eso se reducía la vida de mi padre. Mi héroe inmortal. El hombre que me enseñó el valor de un “silencio oportuno”.

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4 Respuestas a “El Héroe

  1. Me gustaría que publicaras este trabajo en la edición de papel. En cuanto a héroes, también tengo el mío, sin posesiones de tierra, sin caballos, pero con toda la entrega para mi hermano y para mí, con ese sostén espiritual y material, que atesora Antonio, aún cuando deberíamos ser nosotros los que le diéramos bienes a él. Y tengo una heroína y de las grandes… mi mami.

  2. Mi héroe fué igual, lucho en la clandestinidad, fué miliciano, alfabetizador, siempre trabajndo por su revolucion, 12 zafrás azucareras, ” 12 ” y nunca tuvo nada ni le dieron nada, solo un ” CARNE ROJO “, pero siempre fué mi héroe. Cuando estaba listo para salir de Cuba ilegalmente en balsa, fué al unico que le deje saber, le rompí el corazon, pero se despidio de mi y me apoyo. Me dijo: si eso es lo que tu quieres en tu vida, haslo, yo nunca hise lo que quise, siempre me dicen lo que tengo que hacer.
    Estuvo ingresado por 8 meses en estado grave, cancer en los pulmones, nunca me dejaron ir a verlo. Hoy recuerdo la sorpresa más grande que me ha dado y fué dos años antes de morir que me dijo por telefono que havía entregado su carne rojo, que todo por lo que havia luchado más de la mitad de su vidad erá mentira. Pudo ver la verdad al final del tunel y me enorgullesco por ello, de él. Ese fué mi héroe.

  3. Isca. Aunque soy hijo de un jubilado de la industria azucarera, conozco la realidad que describes y la viví, porque nací en el campo y en el “tiempo muerto” algo parecido hacía mi Héroe, a quien no hubo temporal, río crecido ni casquitos de Batista apostados en el camino donde habían asesinado a un padre y su hijo, colaboradores del Ejército Rebelde, que le impidieran asistir día tras días (y noche tras noche) a su trabajo, desde el primer hasta el último pitazo del central en cada período de molienda.

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