Mi barrio y Yo (3)

Juan Cabrera era un experto jugador de dominó y el albañil más popular de La Piedra de Yao. ¡Bueno realmente albañil-carpintero! Lo mismo ponía un ladrillo que armaba una puerta; labor que conjugaba con una infinidad de ocurrentes cuentos o charlas picarescas que lo convertían en un personaje.

No sé de donde le vino la vocación por su oficio; supongo que fue de la necesidad que había en el barrio. Lo cierto es que la mayoría de los moradores apelaban a él para cualquier trabajo, por dos razones: cobraba muy poco y era un hombre de palabra.

Procedía de una familia dedicada al trabajo agrícola y al manual. Su hermano Eutimio gozaba de fama como carpintero y peleador de Gallo Fino y Julio era hasta hace muy poco un insuperable campesino. Las tres hermanas – Asteria, Rogelia y Pastora- siempre fueron amas de casa, como la mayoría de las mujeres de la época.

Mis primeros recuerdos de él se remontan al velorio de José Víctor, su padre, a finales de la década de los ’70.  Aquél día cayó un aguacero enorme y mataron una vaca para repartirla en el almuerzo y la comida, jamás olvidaré que Rafelito y Toti –mis primos- se enfermaron del estómago cerca de una semana de la indigestión que pescaron.

Pero el mayor impacto que me causó Cabrerita – como le decían por su delgada y pequeña estampa-  y que trasciende hasta estos días fue cuando mi papá lo contrató para que construyera la cocina de mi casa. Se había derrumbado el viejo casucho de tabla de palma y guano y  en su lugar se edificaría otra de ladrillos.

Muchacho al fin yo seguía cada uno de sus movimientos. Y él – por supuesto sin ayudante- se aprovechaba de mí para que lo asistiera en labores de poca monta.

Así, tiré el cordel para medir las dimensiones de la construcción, cargué ladrillos y hasta batí mezcla de cemento.

Pero mis labores de asistente en cierne terminaron cuando una de las paredes laterales alcanzaba aproximadamente un metro de altura.

– “Oiga Cabrerita esa pared tiene más olas que el mar”, le dije con un ingenuidad acusadora.

Él, con una parsimonia inquietante, solo me dijo:

– “No se preocupe mijo, eso lo tapa el repello”, me clavó una mirada severa, se sacó el tabaco, escupió y yo me fui.

Después me di cuenta que Cabrerita ganó fama en el barrio más por los descuidos “constructivos” –ahora le llamamos chapucerías- que por ser un exquisito ejecutor de sus obras.

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Una respuesta a “Mi barrio y Yo (3)

  1. Descuida, hoy los Cabreritas con sus descuidos constructivos florecen hasta en el desierto. Al menos aquel tenía palabra.

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