¡Amén!

Peregrinación de Virgen de La Caridad del Cobre, Patrona de CubaBayamo abrió sus brazos centenarios, sacó todo el amor que lleva dentro y se lo regaló a Nuestra Señora de La Caridad del Cobre, Patrona de Cuba.

Fue una noche en la que creyentes y no creyentes, blancos y negros, niños (as), jóvenes, adultos y ancianos –por miles- rebosaron la Plaza del Himno para honrar a la Virgen, suplicarle y recibir su Bendición.

“Como María de la Caridad es la madre de todos los cubanos a todos acoge ella en estas celebraciones, a nadie rechaza, a todos escucha”, había expresado el Monseñor Álvaro Beyra Luarca, Obispo del Santísimo Salvador de Bayamo-Manzanillo, en su mensaje radial, en horas de la mañana.

Y allí estaban todos. En un lugar aborigen, mambí… redentor. En un espacio en el que la cultura bebe de la historia (y viceversa) para alimentar la idiosincrasia del pueblo… en un instante – “inmenso en el vivir”-  en el que las palabras PAZ y AMOR resonaron indispensables.

El Obispo Beyra Luarca abrió la Misa –para los presentes y los ausentes- y luego de los oficios propios de la ceremonia La Patrona fue bajada del pedestal, cargada en hombros unos metros y depositada sobre un auto que recorrió las calles Céspedes, Saco, Mármol, Francisco Vicente Aguilera y José Joaquín Palma para de nuevo entrar a la catedral.

El itinerario demoró cuanto quiso el pueblo, que entre oraciones, cantos y ruegos acompañó el séquito con una vehemencia divina. Otros cientos de personas observaron la peregrinación desde las aceras, el techo de una vivienda, una ventana… pareciera que Bayamo se levantaba.

De vuelta a la Plaza del Himno –por esos mismos caminos por donde anduvieron tantos patriotas ilustres- una niña le regaló un ramo de flores y le dijo “te quiero mucho virgencita”; una anciana se detuvo delante de Ella, prendió una vela, y pactó una mirada con en el infinito…

Una señora le dejó un gladiolo, se cubrió el rostro y se marchó sin decir palabra y una joven le regaló una lágrima mientras pedía reencontrase con su ser querido, “¡por favor ayúdame!”.

Todos cantaron ¡Y si vas al Cobre quiero que me traigas una virgencita de La Caridad! Y la esplendorosa noche de este ocho de septiembre terminó con un luminoso ¡AMÉN!

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