Vivir después de la vida

“Siéntese mijo”, fue la primera expresión que escuché de su voz centenaria. Una voz leve, pero sostenida…amigable y excelsa… un sonido que se cuela en el oído con delicadeza. Un susurro audaz que recorre las venas y se te planta en el corazón hasta hacerlo volar.

Su tono no es el de otros tiempos. No puede ser. Ha salpicado ¡110 años! Por eso, es más eco y ternura que fuerza. Entre tanto alarido de la Sierra Maestra se me antoja despreocupada… yo diría eterna. Tiene una voz eterna.

“Sí, ahora mismo, entrevísteme… ahora mismo” –dijo- y se achantó en una añeja butaca sin perder la curiosidad.

Pero su voz no es nada sin la mirada. Detrás de los ojos azulados, por el paso de los años, una señal infantil advierte regresión; no a los orígenes del ser… sino a la inocencia de un alma legendaria ya.

Mas, tocan sus ojos. Cuando se hincaron en mi rostro me estremeció el cuerpo. Y por un instante quise abrazarla. En la fugacidad de un segundo redujo mis dudas -confieso- pensé encontrar una anciana lánguida y ardí de alegría y nostalgia.

Después de los primeros 10 minutos del encuentro, en su remanso guisero, todavía no podía salir del asombro. Saboreé un diálogo hilvanado con palabras exactas, fui testigo de su memoria increíble y de una definición ortodoxa de la existencia.

CONTRA LA HIPOCRESÍA DEL TIEMPO

El tiempo es hipócrita. Te arranca de la tierra a cualquier edad. Te da y te quita sin prevenirte u ofrecer explicación, se burla… Empero Blanca Díaz Mendoza (26 de agosto de 1896) está parada sobre él.

“Nací en El Rincón, de Baire para arriba, cerca de La Puya –recuerda-. Me contaban que mi mamá me parió en el medio del monte, cuando la guerra contra los españoles… ella era muy escrupulosa, no comía carnes… pero le gustaba la paloma torcaza.”

A rafagazos aparecen los trozos de vida. Uno detrás del otro, separados por pequeñas acotaciones.

“Recuerdo cómo guardaban los palos encendidos debajo de las cenizas del fogón, para que no se apagaran y tener candela al otro día –dice-. Eso era porque no había fósforos.”

“También recuerdo a mis abuelos… recibían una paga del Gobierno… habían estado en la Guerra de los 10 años… y en la de La Chambelona, que no duró mucho. Nosotros éramos seis o siete hermanos… siete, sí, siete.

“Yo quería aprender a leer. Mi mamá me mandó con unos primos para que me enseñaran… porque me gustaba, aprendí algo, hasta el libro segundo –asegura-. Pero me dediqué a ayudarle a mi papá…sembraba tabaco, maíz… esas cosas del campo”.

Ella es la tercera del matrimonio. Una longeva familia, pues aseguran que el hermano mayor murió a los 100 años, una a los 101, otro a los 86 y tiene una hermana de 90.

El 24 de julio de 1944 se mudó para Guisa. Pero no olvida el lugar donde vino al mundo. “Unos cuantos años viví allí, creo que 30. Mis 10 hijos nacieron en La Pimienta… un poquito más afuera de donde nací.”

AÑOS DUROS

La década de los ´50 fueron tiempos difíciles. “Mi esposo y yo vivíamos en una casita con los niños más chiquitos –cuenta-. Nos desalojaron y tuvimos que irnos adonde los mayores, que ya estaban casados… aquí todo era de los terratenientes. Estábamos en Monte Escondido, cerca de Colón…”.

Allá los sorprendió la lucha rebelde. Y después del combate de la “M”, en la zona de El Oro, su casa fue abrigo de los combatientes. Por varios días socorrió al Capitán Veguita. “Estaba herido. Le matábamos gallinitas para hacerle caldos y lo escondimos en una barbacoa… para que no lo encontraran”.

También a principios de los ´50 sufrió el único problema de salud que ha padecido.

“La operaron del interior –comenta Ángel Rodríguez, uno de sus hijos que tiene 69 años-. No contábamos con recursos y para llevarla a la Clínica Villaverde, en Bayamo, fue necesario recolectar votos… era plena dictadura”.

Para esta época perdió a su esposo. Único, exclusivo. Todavía siente devoción por él. Cuando lo evoca reposa las manos sobre las piernas. Mira de frente y con ternura, la voz se torna más firme… aunque dulce y melancólica. Él era quien llevaba las riendas de todo. “Y lo hizo honradamente. Todos mis hijos son revolucionarios.

“Me casé una sola vez –afirma-. Ni antes ni después volví a hacerlo. Nunca busqué otro hombre, me dediqué a cuidar la familia. Murió en el 59. En lo adelante yo fui el padre de mis hijos”.

QUE DICHA, LA VIDA

Blanca crió a 10 retoños, nueve están vivos. Una prole que crece por días y que ha coronado cinco generaciones (desde hijos hasta cuatro choznos).

“Es una viejita dichosa” –dice Gloria, una hija de 76 años y quien la cuida actualmente-. La alimentación es su mayor exigencia. Todo a la hora y bien hecho. Come lo mismo que un niño: puré, sopa… y siente predilección por el café. Ella quisiera que fuera agua. No da trabajo”.

La curiosidad, enemiga de la distracción, regaló escenas fascinantes. Come sola, camina, escucha radio y apuesta a Fidel. “Gracias a Dios está bien”. Le gusta la pelota “porque ese es el deporte del Comandante”.

Cuentan que hace unos años le dijo a un colega que la mayor satisfacción que tiene es que sus cinco hijos varones “son combatientes, de la lucha clandestina, y militantes del Partido Comunista de Cuba… y las hembras mueren por esta Revolución”.

¿Por qué ha llegado hasta aquí? No sabe. Aunque afirma que la alimentación es fundamental. “No lo pensé… y llegué. Mi esposo me cuidaba mucho… me buscó muchos alimentos… ahora Nelson, mi médico, me da la medicina que necesito”.

Para Hilario, un fortachón de 85, su mamá es una gente fuerte. “Ha pasado trabajo pero mira como está –dice-. Nunca le faltó nada”.

EPÍLOGO

Vivir, después de la vida, es sentarse frente al tiempo y lograr un buen pacto. Porque esta, la vida, no es la suma de los años. Es el jirón dejado cada tras almanaque… es la inmortalidad lograda en la tierra. Es ella, Blanca… todo pureza, bella y eterna.

Nota del Autor: Publicado en Octubre de 2006. Dos años después de publicado este material la protagonista falleció. Tenía 112 años.

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